Sin
importar si se trata de un largometraje de ficción o una producción documental,
uno debe ir preparado. En el caso de la ficción, me fijo mucho en que los
personajes autistas no caigan en clichés cinematográficos —de esos que aún se
resisten a desaparecer en el plano real— ni en representaciones histriónicas.
En el caso de un documental, toca estar muy pendiente de que los realizadores
no tergiversen la información ni victimicen a sus protagonistas.
En
ambos casos, el material debe ser lo suficientemente atractivo para dejar
pensando al espectador, motivándolo a buscar por su propia cuenta información
verificada. Y es que tengo que ponerme así de exigente porque, para quienes no
lo sepan, soy autista tipo 1 (el anteriormente conocido como síndrome de Asperger),
una condición con la que nací, con la que he vivido toda mi vida y con la que
moriré. Estos puntos no son negociables para mí, venga la producción de Perú,
Indonesia, Kazajistán, Australia o de nuestro propio país, como es el caso que
nos ocupa hoy.
No
hay nada como un trabajo bien hecho, pues no solo despierta la curiosidad del
espectador, sino que se gana un lugar en su memoria y en sus recomendaciones.
Confieso que, por razones que ya no recuerdo, no pude ver este documental en su
paso por salas de cine en 2014 —cuando ya llevaba casi dos años de haber
descubierto mi condición y estaba ávido de conocer más sobre el tema—.
Doce
años después, la oportunidad se abrió y pude disfrutarlo en un cineforo donde
el director Eduardo Viloria Daboín y la productora Gioconda Mota
Gutiérrez estuvieron presentes compartiendo con el público.
Con
una frase en fondo negro del neurólogo Oliver Sacks arranca el recorrido
para conocer a Helena, la hija de nueve años de Eduardo y Gioconda, quien es
autista tipo 3. Ante el diagnóstico, los padres comenzaron a investigar sobre
el futuro que le espera a la niña una vez que ellos ya no estén. Sus pesquisas los llevaron a rescatar un valioso
material de archivo audiovisual grabado hace varias décadas por la psiquiatra Myriam
Ortiz, y frente a la cámara la doctora Lilia Negrón, pionera en la
investigación del autismo en Venezuela y referente indispensable en la medicina
del país.
Aquel
archivo nos muestra a tres pacientes que eran niños en los años setenta:
Giovanni, Liliana y Derick, todos con un nivel de autismo similar al de Helena.
Hoy, Gioconda y Eduardo se convierten en testigos de sus vidas adultas. Algunos
no son oralizados (no hablan) y otros sí usan la palabra; en todos los casos,
la constante es la presencia incondicional de un padre o cuidador, la norma
cuando se trata del autismo tipo 3.
Las
reacciones iniciales de las familias son desgarradoramente humanas: la madre de
Giovanni pensaba que el autismo era una enfermedad contagiosa; los padres de
Lilian creían que era algo curable; y la madre de Derick admite que se encerró
en sí misma por el dolor, agobiada por la misma pregunta que se hacen los
realizadores: ¿Con quién se quedarán cuando nosotros ya no estemos?
Como
decía al principio, mi regla de oro con los documentales es que no tergiversen
la información, no victimicen y cumplan una labor educativa real. Y el análisis de “Hay Alguien Allí” se divide
claramente en dos partes, porque no es una obra excelente —arrastra ciertas
taras—, pero tiene suficientes virtudes como para justificar su visionado.
Por
un lado, la labor de investigación de Eduardo Viloria Daboín, Gioconda
Mota Gutiérrez y su equipo es encomiable para ser su ópera prima. No solo
abren las puertas de su hogar y las de Helena para mostrarnos su cotidianidad
—incluyendo los momentos de tensión cuando la niña sufre un ataque sensorial—,
sino que nos sumergen en las adaptaciones obligatorias que exige la condición.
Se
agradece enormemente que la historia se cuente a través del archivo de la
doctora Negrón y las vivencias genuinas de familias y médicos, huyendo del
típico formato saturado de gráficos abstractos y cabezas parlantes de
especialistas distantes. Aquí los protagonistas son las personas reales. Saber
de la doctora Negrón es un acierto gigante, recordándonos su legado como la
primera especialista venezolana en estudiar el autismo de primera mano,
nutriendo a generaciones de psicopedagogos y psiquiatras. Otro punto a favor es
que los cuatro adultos protagonistas que aparecen junto a Helena jamás son
retratados desde la condescendencia o el "pobrecito, es autista".
Pero,
por otra parte, hay aspectos que no puedo pasar por alto. Aunque evita el
paternalismo nocivo, el documental se queda corto en su aportación a lo largo
de sus 125 minutos. Hay decisiones de montaje cuestionables, como contraponer a
la madre de Giovanni conversando en el comedor mientras el joven come a solas
en su habitación empapelada con sus propios dibujos; una escena que, para el
espectador desprevenido, puede proyectar una imagen errónea y desoladora del
autismo. Lo digo siendo un adulto
autista: escenas como esa corren el riesgo de dejar en el público general una
visión desesperanzadora de la condición en sus grados más altos.
Hubiera
sido enriquecedor usar esta plataforma para abrir una ventana hacia los otros
niveles de autismo, demostrando la enorme diversidad del espectro. De hecho, esto me recuerda algo que comentaba hace
tiempo: el autismo en Venezuela tiene matices particulares debido a nuestra
riqueza lingüística, a los dobles sentidos y a expresiones coloquiales como “mira,
que las vacas vuelan”, que muchos autistas procesamos de formas muy nuestras. Había
una oportunidad de oro para explorar esa idiosincrasia que lamentablemente se
dejó pasar.
Ante
estos contrastes, ¿cómo queda “Hay Alguien Allí”? Como
un acercamiento sincero al autismo tipo 3, a las vivencias de Helena y a la
memoria de la doctora Lilia Negrón, el documental pasa con buena nota.
Como pieza cinematográfica global, se queda a mitad de camino por no expandir
su mirada hacia otros grados de funcionalidad que demostraran que los autistas,
a pesar de los retos, podemos ser plenamente autónomos.
No es una obra maestra, pero su visionado sigue siendo altamente recomendado porque, incluso desde sus limitaciones, nos deja valiosas enseñanzas.